Cuidar de nuestra salud es fundamental. Por ello, cuando acudimos a nuestra prestadora de salud, lo hacemos con la intención de recibir orientación y apoyo sobre alguna dolencia física que nos preocupa. Sin embargo, en ocasiones, en lugar de salir con respuestas y tranquilidad, nos encontramos con un peso aún mayor: una carga emocional que no esperábamos.
No es raro que nos topemos con profesionales de la salud que, ya sea por la rutina, el estrés o su forma de expresarse, pueden parecer toscos o poco empáticos. Su manera de comunicar un diagnóstico o de responder nuestras inquietudes puede hacernos sentir pequeños, ignorantes o incluso culpables de nuestra condición. A veces, su actitud nos deja con más dudas que certezas y con una sensación de malestar que trasciende lo físico.
La salud mental y física están estrechamente conectadas. No solo buscamos un tratamiento para nuestro cuerpo, sino también sentirnos comprendidos y respetados en nuestro proceso. Cuando el trato que recibimos nos hace sentir mal emocionalmente, esa dolencia que nos llevó a consulta puede verse acompañada de frustración, ansiedad o inseguridad.
Es importante recordar que merecemos una atención de calidad, tanto médica como humana. Si alguna vez has salido de una consulta sintiéndote peor de lo que entraste, no estás sol@. Es válido exigir respeto y empatía en la atención médica. Nuestro bienestar integral lo merece.
¿Alguna vez has pasado por una situación similar? Me gustaría conocer tu experiencia.
Psi. Monica Ruiz